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Hoy os voy a contar dos fábulas de metafórica actualidad, para explicar a los niños -y a los no tan niños- lo que está ocurriendo en este mundo desde que se empezó a hablar de “crisis”. Ambas fábulas encierran la misma moraleja.


El monje que compró media docena de Ferrari

Había una vez, en un lugar cuyo nombre no quiero recordar, un joven rey que cultivaba una gran pasión por los coches de carrera. Un buen día, el rey decidió que la prosperidad de su reino dependía de que cada ciudadano pudiera conducir un Ferrari rojo flamante.

Para conseguir ese ambicioso objetivo, el joven rey financió un imponente programa que puso en funcionamiento fábricas para construir coches Ferrari en todo el país, y subvencionó la producción con el dinero de los impuestos. Con gran gozo de todos sus súbditos, puso a la venta esos coches de lujo con un 50% de descuento sobre el precio real. Los concesionarios de coche se llenaron, mientras miles de hombres y mujeres compraban su coche Ferrari.

Un día, las ventas empezaron bajar. Una vez más el joven rey decidió reducir el precio de venta a la mitad. Una nueva ola de compradores compulsivos se amontonaron en los concesionarios para comprar Ferrari. Sin embargo, con el pasar del tiempo las ventas volvieron a bajar y el rey optó por reducir el precio de un Ferrari nuevo rojo flamante a 900€.

La noticia voló como el viento, a lo largo y ancho del gran rió que cruzaba los territorios del reino y, de pronto, se formaron largas colas delante de los concesionarios. Los Ferrari se vendían como churros. Había quien compraba 3 a la vez. Un monje compró media docena.

¿Por qué no? ¡Estaban baratísimos! Se compraban coches Ferrari para que cada niño pudiera jugar con uno en el césped de su parque infantil. El frenesí continuó hasta que el reino entero estaba inundado de Ferrari.

Desdichadamente, la ventas volvieron a bajar y al rey entró un ataque de pánico. Era imprescindible vender más Ferrari para evitar, por lo menos según su razonamiento, que la economía se hundiera.

La crisis era grave. Los súbditos estaban trabajando hasta 3 días a la semana sólo para poder pagar los impuestos necesarios a mantener abiertas y en funcionamiento las fábricas y que se producirán mas y mas coches Ferrari. Si se dejaban de vender Ferrari, la economía iba a colapsar. Era preciso tomar decisiones difíciles y el rey se demostró a la altura del reto: decidió regalar los Ferrari.

Unos pocos coches Ferrari más salieron de los concesionarios, pero pronto volvió el estancamiento. Nadie quería ni un Ferrari más. Estaban hasta los mismísimos Ferrari… de Ferrari. Daba igual que fueran gratis. Ya no se podía encontrar nada útil que hacer con ellos.

Un buen día de primavera, en el reino terminó la producción de Ferrari. Durante años se trabajó en el reino para deshacerse de los Ferrari que obstruían las calles, las plazas, los parques. Hasta el río se había llenado de Ferrari y no se podía cruzar. Los ingresos de los impuestos se hundieron, las fábricas cerraron y el desempleo se disparó. La economía se hundió. Los súbditos no podían pagar ni la gasolina, por lo que muchos Ferrari se quedaron abandonados y oxidados.

Cuando el reino por fin superó la gran crisis, el número de Ferrari era inferior al que había antes del ambicioso programa del -ya no tan joven- rey, apasionado de coches de carrera.

 

El cuento del Crédito

Había una vez, en un país cuyo nombre prefiero no delatar, un Gobierno que deseaba ardientemente un gran crecimiento económico.

Un buen día, el Gobierno decidió que la prosperidad de su país dependía de producir crédito y de que cada ciudadano pudiera acceder a ese crédito.

Para conseguir ese ambicioso objetivo, El Gobierno inició un ambicioso programa que puso en funcionamiento un banco central, sucursales bancarias, bancos de inversión, bolsa de valores y tarjetas para crear crédito y distribuirlo en todo el país. Con gran gozo de todos, puso a la venta crédito a un precio muy inferior a la tasa de mercado. Las sucursales de los bancos se llenaron, mientras miles de hombres y mujeres solicitaban crédito.

Un día, la cantidad de prestamos empezó a bajar. Una vez más el Gobierno instó a los bancos a volver a reducir el precio de venta del crédito. Una nueva ola de prestamista compulsivos se amontonaron en los bancos para solicitar crédito.

Sin embargo, con el pasar del tiempo las ventas volvieron a bajar y el Gobierno optó por reducir el precio de del crédito al 1%.

La gente volvió en masa a los bancos para solicitar aún más crédito. ¿Por qué no? ¡Estaba baratísimo! Los prestatarios utilizaron crédito para comprar casas, barcos, vacaciones, ropa, comida, coches y hasta Ferrari para llevar los niños al parque. El país se inundó de crédito.

Desdichadamente, los créditos concedidos volvieron a bajar y al Gobierno entró un ataque de pánico. Era imprescindible conceder más crédito para evitar, por lo menos según su razonamiento, que la economía se hundiera. La crisis era grave. Los ciudadanos estaban trabajando hasta 3 días a la semana sólo para poder pagar los intereses sobres sus deudas y los impuestos necesarios a pagar las deudas de los bancos.

Si se dejaban de mover crédito, la economía iba a colapsar. Era preciso tomar decisiones difíciles y el Gobierno se demostró a la altura del reto: empezó a regalar crédito a tasas de interés reales negativas.

Unos pocos créditos más se movieron por la economía, pero pronto volvió el estancamiento. Nadie quería ni un crédito más. Daba igual que fuera gratis. Ya no se podía encontrar nada útil que hacer con ello.

Un buen día de primavera, en el país se terminó de distribuir crédito. Durante años se trabajó para deshacerse de la colosal deuda que se había acumulado. Los ingresos de los impuestos se hundieron, los bancos cerraron y el desempleo se disparó. La economía se hundió. Los ciudadanos no podían pagar los intereses de las deudas que habían asumido por lo que muchos de los activos que se compraron con ese crédito empezaron a generar minusvalías.

Cuando el país por fin superó la gran crisis, la cantidad total de crédito era inferior a la que había antes que empezara el ambicioso programa del Gobierno.

 

La moraleja

¿Por qué lo llaman crédito si lo que quieren decir es deuda?

Durante los últimos 70 años, los Gobiernos, empresas y privados de todo el mundo han acumulado una cantidad de deuda colosal que supera con creces la capacidad de generar ingresos para pagarla.

¿Alguien quiere comprar un Ferrari? Lo vendo baratito…

Si te gustó el cuento, ayuda a menearlo

Para una exposición mas detallada del porque nos encontramos en una encrucijada económica critica y de como puedes sobrevivir y prosperar en una depresión económica de carácter deflacionario, te remito a los posts anteriores en este blog
 

 

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